11 de September del 2026 a las 21:06 -
Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someone
Sin compromiso, no hay cambio ni progreso posible
La retrospectiva es indispensable para actuar en el presente y prever el futuro. (Parte 1)

(escribe Marcelino Rodríguez) A través de una anécdota protagonizada por una abuela, en un transporte capitalino, queda expuesta una profunda contradicción. A partir de aquella escena, se analizan las promesas de cambio que acompañaron la llegada del Frente Amplio al gobierno y se las confronta con una sociedad que, entre ideales, discursos y buenas intenciones, continúa atrapada en el egoísmo, la indiferencia y la falta de compromiso. Se plantea una mirada crítica sobre lo que somos, lo que pretendemos ser y aquello que todavía nos impide cambiar.

Corría el mes de junio de 2005. Una tarde, de regreso a mi hogar, luego de finalizar el “maldito”, pero “imponderable” y siempre necesario servicio “222” en un supermercado de la capital, viajaba uniformado en un ómnibus interdepartamental. Iba parado, como corresponde; además, los transportes colectivos viajan llenos hasta el tope, en cualquier horario —situación cada vez más habitual—, producto de la expansión demográfica y del incremento poblacional hacia el este. Sin descartar los bolsones y cinturones de pobreza que paulatinamente se instalan en los departamentos limítrofes con Montevideo —Canelones a la cabeza—, especialmente a lo largo de toda la franja costera, donde la gente del interior, principalmente de las zonas rurales, incluso montevideanos provenientes de zonas críticas o carenciadas, se afinca por diversas causas. Entre ellas, la de probar suerte en la extensa área metropolitana. 

Foco de desarrollo y centralismo de un Uruguay que debe transitar un proceso de cambio, con el propósito de terminar con esta realidad o, por lo menos, distribuir más equitativamente el juego al resto del escenario nacional. Generar oportunidades de trabajo genuinas; motivaciones para seguir creyendo en la tierra, la producción y la industria, junto con el aporte de la tecnología, los bienes y servicios de cara al mundo. La posibilidad efectiva de una inserción redituable en cada “pago”, pueblo o ciudad, que permita a cada familia oriental realizar y aplicar lo aprendido a través de la experiencia laboral y de la formación educativa. Sin tener que emigrar, convertirnos en “desplazados internos” en búsqueda de bienestar y dignidad, evitar así el abandono y el desarraigo del país profundo.

En cierto momento del trayecto surge una voz adulta —identificada por el timbre y el tono con los de una abuela— que, con vehemencia y convicción, expresaba a los pasajeros:

“¡Por favor! Alguien que le dé el asiento a esta abuela cansada. Ahora tenemos un gobierno socialista, donde nuestro Presidente Tabaré nos pide solidaridad. Única forma de sacar este “paisito” adelante: comenzar a ser más humanos, luchar por los derechos que nos corresponden, respetar a los más desvalidos. Demostrar con las propias actitudes que se puede cambiar”.

Y reitera:

“¡Por favor!, alguien que le dé el asiento a esta abuela”.

La reacción de la señora no fue desubicada. Le asistía el derecho por ser de avanzada edad y tener dificultades para viajar parada; apeló, quizás, a recibir la consideración y disposición de algún noble, estoico ciudadano o ciudadana, en pleno fomento y reivindicación de la auténtica equidad de género. Esperanzada también en una actitud de devolución, de retribución a la inversión realizada durante sus “años mozos”, en los cuales debe haber cedido cientos de veces el asiento a personas mayores, discapacitadas o en estado de gravidez; ejercitado, en definitiva, los valores educativos que hasta no hace mucho tiempo nos distinguían a los uruguayos. Por tanto, hoy exigía, solicitaba similar conducta y tratamiento.

Atributos colectivos construidos y vistos con buenos ojos en el exterior, que debemos cuidar e impedir que se devalúen o se traduzcan en un recuerdo, en idéntico sentido, de los sucesos de “Maracaná” o del estatus que nos arrogaba ser la “Suiza de América”.

La sorpresa fue que nadie se inmutó, más allá del “cacareo” cabizbajo, clásico, anónimo, cómplice y cobarde de algunos, originado por la impronta atípica, la forma y el argumento esgrimidos por dicha anciana. No faltó la participación de un “comedido y sacrificado” pasajero —sin asiento— que arengaba al respecto y cuya intervención pretendía generar conciencia y, por ende, abrir el debate habitual, para que alguien humanamente entendiera y permitiera lo reclamado.

La situación provocó un potencial entorno de discordia y conflicto entre quienes iban precisamente parados —no tenían nada que perder— y quienes viajaban sentados. Estos últimos, en función de sus actitudes, demostraban no estar dispuestos a ceder el lugar, a menos que respondiera a una emergencia: que la persona se sintiera mal o se desvaneciera.

Luego de un impasse inalterado —que transcurrió durante varias paradas—, el entuerto fue solucionado por la voluntad de un joven que, al observar que nadie se levantaba y que, a su vez, él bajaba en breve, no vio mejor oportunidad para cumplir con la “buena acción del día” y quedar más que bien. Ofreció entonces su butaca y ayudó así a sortear, con el mínimo esfuerzo, una de las tantas escenas que, como esta, se dan a diario, constantemente, en la vía pública o en cualquier ámbito donde interactuemos.

Reflejo bruto, crudo y sin censura de la intolerancia, el egoísmo y el individualismo que desplegamos y que, a veces, hace que nos desencontremos en trances capaces de derivar en hechos menores, de fácil resolución, o terminar en desgraciados antagonismos con consecuencias no gratas para nadie.

Los temas de vecindad tampoco escapan a ello y son un fiel ejemplo de situaciones a las cuales, cada vez más, se debe prestar atención y volcar energías en trabajar sobre estos aspectos, en bien de la convivencia. Especialmente por lo que pueden desencadenar a raíz del mal relacionamiento y de la evolución negativa de los procesos de diálogo, negociación y acuerdos entre las partes involucradas.

Cuestión que se proyecta sobre lo colectivo, origina y potencia ambientes y climas de tensión y violencia en la comunidad, por lo general con tristes derivaciones y sin vuelta atrás.

Con la actitud mencionada y el agradecimiento de la señora culminó el guion de este acontecer. De todos modos, continúa la vida, la idiosincrasia y la cultura “solidaria”, con la tendencia contradictoria intacta, de acuerdo con cómo nos hemos criado y educado, y con aquello que traemos de raíz en los genes.

Por supuesto, siempre contamos con el salvoconducto de echar la culpa a nuestros antepasados —si es preciso—; ocasión siempre bienvenida para, en cualquier contexto o dilema personal o histórico, justificarnos de las debilidades y mezquindades humanas, de las cuales debemos hacernos cargo por ser propias, no del otro.

Encontrándome a bordo del transporte como espectador privilegiado de la escena —donde confluía cierta mezcla de emociones, comportamientos idealistas y esperanza con indiferencia y egoísmo—, nunca imaginé que nadie le cedería el asiento, salvo el caso fortuito.

Si bien la petición de la abuela podría haber resultado impertinente o inoportuna para muchos, especialmente por la forma en que arengaba para reclamar la necesidad de sentarse, la misma fue formulada de tal manera que resultaba difícil e incomprensible que no llegara a tocar el corazón, la fibra íntima de los pasajeros. Encender la voluntad y el altruismo de alguno para levantarse al percibir sus ilusiones, su convencimiento y aquella euforia —casi de rompimiento de cadenas y liberación— fundada en la interpretación del momento histórico y político que se comenzaba a transitar.

Ella, segura y sin dudas, suponía que aquel sentimiento y augurio personal era general y compartido, y que de ello devendría un acto como el que requería.

Más allá de la aprensión que pudo haber ocasionado el discurso —teniendo en cuenta lo reservados y celosos que somos, con mayor razón a la hora de manifestar públicamente la afinidad partidaria— e independientemente de la efervescencia existente, producto del triunfo absoluto y, por primera vez, del Frente Amplio, no era complejo deducir, cualquiera fuera la muestra tomada al azar de aquella población de viajantes, la supremacía de sus simpatizantes y/o adherentes.

Aunque no se percibiera en función de las características, el aspaviento y la ostentación que suelen desarrollar para identificarse con dicha colectividad progresista, acorde con el fanatismo ideológico cultivado y desplegado desde su surgimiento que, como una cascada desinhibida de emoción virulenta y pasión ejemplar —estén donde estén y ante quien sea— les aflora.

Si bien los comportamientos sociales no pueden relacionarse ni interpretarse estrictamente mediante cálculos matemáticos —más allá de los pronósticos estadísticos—, fue increíble observar que nadie se diera por aludido ante semejante invocación, pese a la filosofía de solidaridad, entre otras, pregonada por quienes orgullosamente se autoproclaman y apropian del sello popular y tradicional de “compañeros”.

Marca registrada que, según esa concepción, establece la diferencia con el resto de los ciudadanos que no profesan los postulados de la izquierda uruguaya, ya sea moderada, ortodoxa o extremista.

Por tanto, no encajaba en ninguna posibilidad de suposición la impavidez de los presentes y la negativa tácita. Incluso brilló por su ausencia la clásica acción mediática, diligente, que habitualmente se observa y que muchos despliegan con prodigioso histrionismo a la hora de efectuar una colaboración en cualquiera de los ámbitos de participación pública en que sea requerida.

Aprovechar a su vez, por puro marketing e imagen personal ante los demás, que se ayuda; más aún si son observados o pueden llamar la atención con su diezmo forzado y justificado para la ocasión, como el ofrecimiento, en este caso, del asiento.

Pero nada de ello ocurrió.

De acuerdo con las elecciones nacionales, el triunfo de la fuerza elegida para gobernar fue aplastante, independientemente de cualquier lectura que se quiera realizar. En consecuencia, y sin apelar —para respaldar esta afirmación— a una empresa encuestadora, a un análisis político ni presumir un juicio audaz o criterioso en función de determinado razonamiento, reflexión lógica o filosófica, no dudo de que, en aquel vehículo de transporte interdepartamental, el 30% —siendo austeros o muy pesimistas en el porcentaje— de los pasajeros debieron haber contribuido al cambio de timón en el Uruguay.

Era de suponer, entonces, que las actitudes en general estarían en consonancia —tan siquiera en algunos de ellos— con los resultados electorales y con la euforia latente de la victoria, asociada a la bandera de la solidaridad, la asistencia y el amparo al más débil, desprotegido o necesitado.

Aspectos invocados, pretendidos y esperados obsecuentemente como señal de revelación, emancipación y renovación del “hombre y mujer nuevos”, socialistas o demócratas.

Más allá de la utopía y de las cicatrices del pasado, en relación con la inercia de una política de casi dos siglos llevada adelante, gestionada y regenteada por los partidos tradicionales, todavía se aguarda un cambio real. Pese a que la tercera fuerza en discordia se integra, desde sus comienzos, con muchos de quienes han engrosado las aparcerías coloradas y blancas.

Desterrar, así, el amiguismo, el clientelismo y la corrupción de poder y económica con fachadas lícitas, sostenidas por marcos jurídicos confusos, cómplices e incluso vacíos; donde las estructuras y los controles —si existen estos últimos— no inciden o son funcionales a la hegemonía de turno y al tráfico de influencias alrededor de la misma.

Cuestión que las autoridades se sirven y encubren muy habilidosamente en el sistema menos malo de organización de los “Hombres”: la Democracia, con el engranaje de la burocracia a cuestas.

Sobre ella justifican perniciosamente cualquier desliz, praxis desacertada o intencionalidad dolosa que flagela y violenta cíclicamente las arcas del Estado; la transparencia de los entramados menos pensados y puestos al servicio del país, tanto en lo público como en el área privada.

Por intermedio de la misma, cada cinco años se caen y vuelven a levantarse las expectativas y esperanzas de los ciudadanos en general; mientras, a nuestro alrededor, una élite del más amplio espectro y naturaleza, con la contribución de laderos y celadores de diversa monta, progresa, se enriquece y resuelve las aspiraciones de sus integrantes mediante la suerte de los cargos que ofrece la República, ya sea por designación o por el sufragio soberano.

La filosofía del “Hombre no alienado”, que tanto se ha perseguido y pretendido inculcar y aplicar como argumento para hacer posible “el cambio responsable y en serio”, ha faltado a su cita.

Con el propósito de evitar que los líricos y románticos desfallezcan ante tanta desilusión y decepción provocada por dicha afirmación, quien sí ha estado presente es el “uruguayo nuevo, novel, nominal o subliminal”, como le quieran llamar.

Resultante de vivir, desde la primera década de este siglo, un momento histórico excepcional —en lo político, social y cultural, incluso económico—, sin precedentes; acompañado generacionalmente de una impronta e identidad perseguidas desde el año 1971, con la creación del Frente Amplio.

Aspecto que, además, venía trabajándose consecuentemente desde los albores del siglo XIX por intermedio de distintas corrientes ideológicas, las cuales se instauraron y fueron impulsadas —en ese entonces— por pensadores y líderes de preponderancia anarquista y marxista.

Paisaje lamentablemente condicionado por la idiosincrasia oriental, por esa “uruguayés” que impide, por más esfuerzos —motu proprio o promovidos— que se hagan, desprenderse de ella. Induce y marca nuestra “memoria y moral criolla” al punto tal que, repara en la anécdota narrada, cada pasajero se hizo el desentendido, miro hacia fuera con indiferencia, sin asumir ni darse por aludido de absolutamente nada.

Al mismo tiempo, presumo, cada uno rezaría a alguna “divinidad” para no ser llamado a escena por quien menos supone y ser compelido a decidir con qué actitud o respuesta proceder.

Temerosos ante la incomodidad de que alguien les tocara el hombro y dijera enfáticamente: “¿Le podés o le puede dar el asiento?”, especialmente quienes iban parados, por resultarles más práctico, sin mayor esfuerzo ni compromiso, realizar tal petición.

Habida cuenta de que el pasajero elegido por el “Judas” de turno reaccionaría con cierto pánico emocional, producto de la dualidad que le asiste: por un lado, la prebenda legítima de ir sentado; por el otro, el deber humano de ayudar y extender la mano al prójimo que lo requiere.

Obligado —en segundos— por la situación y por la mirada incisiva y sutil de los presentes a tomar una de dos salidas: enfrascarse en una discusión en defensa de su derecho o cederlo, a regañadientes, frente al terror de ser vilipendiado o escrachado públicamente por los presentes. Incluso por aquella que carece de moral, pero que, paradójicamente, podría erigirse en tribunal de la conducta ajena desde su propia indiferencia e insensibilidad.

Característica que revela ante todos y comprueba, in situ o en una posterior introspección, de qué palo estamos hechos.

Por supuesto que la presencia de un policía brinda, como anillo al dedo, las garantías necesarias por si ello decanta en un altercado; cuya iniciativa e intervención permitiría mediar y solucionar el tema ante la omisión o el desinterés —por lo general— del conductor.

Consciente el trabajador del transporte de que estos acontecimientos se dan a diario y constituyen todo un problema frente a la intolerancia, la impaciencia y la irascibilidad cada vez mayores del público; eventos que terminan, la mayoría de las veces, en la Comisaría más próxima.

Suele suceder, frente a la falta evidente de compromiso, criterio y autocontrol, que el gendarme del Orden no tiene más remedio ni opción —por descarte y de acuerdo con las circunstancias— que solicitar, en la forma más cortés posible, pero exigir como autoridad, un asiento para la abuela “amante de la utopía”.

De manera tal de no herir “la susceptibilidad” de los ciudadanos y hacerse acreedor gratuitamente de una denuncia en su contra; con el agravante, constante y habitual, de no contar con testigos a favor o de que desaparezcan aquellos que reclamaron, observaron y aprobaron su actuación.

La fuerza partidaria progresista, en esa ansiedad de años de lucha por llegar al gobierno y anhelar los cambios regidos por un profundo espiritualismo, idealismo y romanticismo, busca una sociedad digna, solidaria y más justa; aunque sea una quimera.

Pero, sin mirar desde ese lugar, sería imposible proponerse alcanzar los sueños y hacerlos realidad; se trate de niños, jóvenes o adultos; de realizaciones personales o colectivas; de cosas simples de la vida o de responsabilidades tan trascendentes como la conducción y gestión de un Estado.

Con tal concepción, piensa y cree, o por lo menos parte de esa premisa —para cautivar—, que los seres humanos somos buenos en esencia, más allá del ánimo particular que podía experimentarse a raíz de una conquista de largo aliento finalmente lograda.

La cual, a su vez, trae adjunto —para cerrar el círculo— cierto entusiasmo generado en la Patria desde su nacimiento, asociado a las acciones de los criollos, entre otros, con las respectivas gestas y la figura de Artigas.

Apropiada, utilizada, manipulada y exaltada precisamente en estas instancias —más de lo que puede haber querido sacar provecho la dictadura para elevar el ser y la identidad nacional— como emblema y articulador del sinuoso camino del proceso de construcción del Uruguay a partir de la Banda Oriental.

La humildad, la valentía, la visión de independencia, libertad y autonomía, así como el acervo de buenas intenciones de nuestros antepasados —arrogadas o adjudicadas— en pos de ser ilustrados, honrados, auténticos y dispuestos, no pueden obnubilarnos.

Tampoco deben reservarnos un margen de compasión que nos impida —aunque nos cueste asumir verdades y defectos— reconocer y aceptar que respondemos, uno a uno, a la genética y a la trazabilidad del individuo a lo largo de su desarrollo.

Aristas que inciden en la conformación y dinámica de las generaciones, incluso en el distanciamiento respecto de quienes germinaron dichas características y ese perfil como nación.

Producto de ello, nos transformamos en generosos o egoístas —humanos somos—, sin caer en la justificación simplista, la excusa barata, bastarda y cobarde de asociar nuestras conductas solamente a los malos hábitos del gaucho, como vago, matrero y contrabandista.

Pues, si bien todos tenemos un lado negativo, oscuro, pretendemos exacerbar y erigir las virtudes y noblezas, al igual que lo hicieron aquellos patriotas a la hora de luchar por la tierra que habitamos; en momentos en que los acontecimientos no daban tregua ni había demasiado tiempo para pensar en uno mismo y mucho menos para titubear a la hora de jugarse por el otro, por una idea, una causa, un territorio o una bandera.

 

(102)


COMENTARIOS

Quiere comentar esta noticia?

* Campos obligatorios
* Nombre:
* Correo Electrónico:
* Comentario:
* Caracteres
Composite End
WordPress Appliance - Powered by TurnKey Linux