(escribe Jorge Andrés Rodríguez) Se libra, sobre todo, en la cultura, en el lenguaje y en la definición de aquello que una sociedad considera aceptable.
Así surgieron y adquirieron enorme influencia los llamados movimientos sociales: grupos minoritarios en número, pero con gran presencia pública, militancia decidida y una notable capacidad para instalar sus reivindicaciones en la agenda política. Ecologismo radical, feminismo, movimientos identitarios, antirracismo y otras corrientes comenzaron siendo expresiones transversales, pero terminaron convirtiéndose en actores decisivos de la política contemporánea.
La paradoja es que esta nueva izquierda encontró un aliado inesperado: el gran Capital.
Las grandes corporaciones, multinacionales, plataformas tecnológicas y fondos de inversión descubrieron que buena parte de esta agenda cultural no amenazaba sus intereses económicos. Por el contrario, podía convivir perfectamente con ellos. Mientras la vieja izquierda cuestionaba la propiedad, la acumulación de riqueza y el poder de las grandes empresas, la nueva izquierda concentra buena parte de su batalla en el lenguaje, la identidad, el género, las costumbres y las relaciones sociales.
De esa manera se produjo una alianza que décadas atrás habría parecido imposible: la izquierda cultural y una parte del capitalismo global compartiendo causas, lenguaje y símbolos.
El conflicto de clases fue perdiendo protagonismo y en su lugar aparecieron nuevas divisiones. Ya no se trata solamente de ricos contra pobres o trabajadores contra propietarios. La sociedad comenzó a clasificarse según sexo, raza, identidad, orientación sexual, religión o pertenencia cultural, atribuyendo con demasiada facilidad condiciones de víctima o privilegio a colectivos enteros.
El resultado es una contradicción evidente. Se proclama la diversidad mientras muchas veces se reduce el espacio para disentir. Se reivindica la tolerancia mientras determinadas opiniones son descalificadas antes incluso de ser discutidas. Y se habla permanentemente de igualdad mientras se corre el riesgo de juzgar a las personas no por sus actos, sino por el grupo al que pertenecen.
Un ejemplo sencillo permite comprender el problema. Cuando una representación provocadora de la mujer es considerada necesariamente ofensiva o cosificadora, pero una representación equivalente del hombre puede celebrarse como transgresora, moderna o liberadora, ya no estamos aplicando el mismo criterio a todos. Y cuando el criterio cambia según quién sea el protagonista, la igualdad deja de ser igualdad.
Algo parecido ocurre cuando se presenta al hombre blanco, cristiano y heterosexual como símbolo genérico de privilegio o culpabilidad histórica. Se puede discutir críticamente cualquier tradición, institución o estructura de poder. Lo que resulta mucho más difícil de justificar es trasladar responsabilidades colectivas a una persona por aquello que es y no por aquello que hace.
La igualdad jurídica nació precisamente para evitar eso: la misma ley, los mismos derechos y las mismas obligaciones para todos.
Quizás una de las mayores ironías de nuestra época sea que una parte de la izquierda que nació enfrentándose al gran capital haya terminado coincidiendo con él en buena parte de la transformación cultural de Occidente.
Las corporaciones continúan concentrando poder económico; la izquierda cultural continúa ampliando su influencia sobre el lenguaje y las costumbres. Y en medio queda una sociedad cada vez más fragmentada en identidades y colectivos.
La discusión verdaderamente importante, entonces, no debería ser quién tiene derecho a imponer su visión del mundo, sino algo mucho más elemental: cómo recuperar una sociedad en la que la libertad, la igualdad ante la ley y el respeto al que piensa distinto vuelvan a valer para todos, sin excepciones.





