30 de July del 2026 a las 09:47 -
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Daniel Ortega: un dictador desfachatado pero honrado
“Aquí (en Nicaragua) no volverán a haber elecciones para que por allí intenten ellos (la oposición) atrapar el gobierno, atrapar el poder”. Las palabras de Daniel Ortega durante la conmemoración del aniversario número 47 de la Revolución Sandinista son tan claras en la honestidad que representan, que no dejan lugar a dudas de que hablamos de un dictador

(escribe, prof. Alejandro Carreño T.) Hay dictadores que defienden su dictadura llamándola de democracia. La cubana es un buen ejemplo. Y hay quienes, por supuesto, los tontos útiles de siempre como los comunistas chilenos, que las apoyan enarbolando, precisamente, la bandera de la democracia y sus bondades libertarias que hacen la felicidad de los cubanos. Estos son los cínicos. Los que ni se arrugan para montar un relato en que los valores se invierten y la indecencia política se romantiza y se instituye como legítima. En estos regímenes, la “democracia” se come al pueblo.

Pero hay otros dictadores que funcionan de otra manera. No lo niega que lo son, aunque no dicen derechamente: “soy un dictador”. Pero sus acciones no dejan otra lectura. Es el caso de Daniel Ortega, sanguijuela de su pueblo. Descarado como pocos. Luego de más de cuatro décadas de la Revolución Sandinista (otra revolución más para subyugar al pueblo): “aquí (en Nicaragua) no volverán a haber elecciones para que por allí intenten ellos (la oposición) atrapar el gobierno, atrapar el poder”.

Las palabras de Daniel Ortega durante la conmemoración del aniversario número 47 de la Revolución Sandinista son tan claras en la honestidad que representan, que no dejan lugar a dudas de que hablamos de un dictador. Desfachatado, pero honesto. Por lo menos no se finge “demócrata” como los comunistas chilenos y Miguel Díaz-Canel, el presidente cubano. Ortega va directo al grano. Nada de preámbulos ni mucho menos eufemismos. Al pan, pan y al vino, vino, como debe ser. No entregaremos el poder, ni menos a través de elecciones. Punto.

Y para que esta conmemoración tenga su broche de oro, el Parlamento nicaragüense, títere orteguiano, se manifestó con la mayor solemnidad y descaro: “sobre los procesos políticos propios de Nicaragua y los nicaragüenses, para asegurar la paz, la seguridad, la estabilidad y la continuidad de los logros contra la pobreza, está iniciando los análisis necesarios para elaborar un plan de trabajo que cumpla con las orientaciones presidenciales”. El escenario circense está montado. Solo falta un actor que con prontitud llamó el Parlamento.

Es el Consejo Supremo Electoral (CSE) que, como se comprenderá, no tiene ningún sentido en un sistema político donde nada es auténtico, pues todo es defraudado, pero que en el papel aparece como un órgano con el que el Parlamento tendrá una serie de sesiones “para asegurar los pasos constitucionales, legales y formales, que fundamentan las reformas, para un Estado y caminos que garantizan las bases jurídicas de este aspecto trascendente de la institucionalidad”. El pueblo nicaragüense continúa, mientras tanto, comiendo las bananas de su república.

Y, para terminar, la consagración del más inescrupuloso Parlamento, afirma que estas sesiones, además, aseguran “las prácticas políticas, democráticas, soberanas y libres de nuestros procesos de elección nacional y local de autoridades”. Es decir, todo a la medida del dictador. Daniel Ortega ha preparado el camino para convertir a Nicaragua en una segunda Cuba, no en los hechos atentatorios contra la democracia y las libertades básicas de su pueblo, que se practican desde hace tiempo en el país, sino para proyectarlo en el tiempo y eternizar la dictadura al estilo cubano.

Sin duda el octogenario Ortega es un desfachatado, pero honrado confeso dictador.

 

 

 

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