(escribe Alejandro Carreño T. )
Más que algo huele mal en este Mundial 2026. No es solamente “algo”, como en la célebre frase pronunciada por Marcelo, centinela del príncipe Hamlet, en la obra homónima de Shakespeare: “Algo huele mal en Dinamarca”. Aquí hay varias cosas que huelen a podrido, y que debieran preocupar no solo al mundo del deporte, sino a la sociedad planetaria. Sabemos que la FIFA tiene mala fama, y sus representaciones en el mundo, también (en América Latina lo conocemos de sobra). Como en todo negocio de proporciones, los dólares terminan imponiéndose.
Y los dólares están asociados, por un lado, a jugadores emblemáticos; por otro lado, a la política. Y no solo a la política deportiva y su manera de determinar la conformación de los grupos que competirán, sino también, en este Mundial 2026, la política que tiene que ver con las relaciones internacionales que no debieran, por cierto, interferir en la competencia deportiva, pero que han influido sin que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, haya dicho ni pío. Y ni lo dirá. Su interés es agradar a sus votantes y conservar su “sacrificado trabajo”.
Después de todo, sus seis millones de dólares anuales que gana, según el diario El Día del viernes 26 de junio pasado, no vale la pena arriesgarlos con declaraciones que puedan desagradar a más de alguien, arriesgando no solo su permanencia futura, sino también perjudicando los ingresos astronómicos que recibe la Institución. Por lo tanto, todo lo deportivo se evalúa con el verde color de la moneda estadounidense, lo que provoca en el público planetario esa sensación de que algo más que “algo” huele mal en este Mundial
Y el público, que ha llenado los estadios en los tres países sedes y consumido las transmisiones de los partidos a través de la televisión, suele ver más allá de lo que ven los “sesudos” comentaristas. La importancia de los equipos y sus jugadores estrellas, el arbitraje, que ha sido bastante deficiente y descarado, que redunda en cómo clasifican los equipos, quienes reciben tarjetas y, lo más grave, que goles se anulan y cuáles no. Y el VAR, que sospechosamente solo a veces ve Ejemplos de todo esto sobran, pues este Mundial ha sido generoso en estos espectáculos que solo huelen mal.
“Quizás se puedan ganar puntos de muchas maneras. Quizás un equipo pueda avanzar de grupo, pero solo con justicia y honor se puede pasar alto ante la historia”, dice parte de la nota que el equipo iraní dejó en los camarines del Estadio de Seattle, luego de empatar con Egipto, en un partido donde abiertamente fue estafado por el arbitraje. Lo ocurrido con la Selección iraní debe ser el episodio más vergonzoso de este Mundial, amparado por la inmoralidad de Gianni Infantino, que permitió que Donald Trump barriera el piso no solo con esta delegación, sino con el fútbol.
Cuando el presidente de la FIFA permite que la política manipuladora de una potencia gobernada por un déspota egocéntrico y vanidoso, intervenga en los destinos de una selección, cualquiera esta sea, que deportivamente ha ganado su derecho a competir, no es más que el síntoma de la decadencia moral de la organización y de quien la dirige. Basta recordar que esta Selección iraní solo estaba autorizada a jugar sus partidos y luego abandonar territorio estadounidense. Un atropello a la razón y a la decencia deportiva.
Da la impresión de que a este personaje le gusta de aparecer en fotografías que le den rédito publicitario garantizado (recuerden que no perdió tiempo para aparecer abrazado a la madre de Vozinha, como si él hubiera hecho algo para que ella viajara a los Estados Unidos). ¿Comprenderá Gianni Infantino este otro pasaje de la nota dejada por la Selección de Irán?: “El juego limpio no es una línea en las reglas del fútbol; es la esencia del juego”. Yo creo que no. De lo contrario, este Mundial 2026 no estaría en la mira de tantos cuestionamientos reñidos con la ética deportiva.
Es que cuando factores ajenos al deporte; cuando personajes ajenos al deporte; cuando hay intereses creados ajenos al deporte, competencias de esta naturaleza quedan en manos que manipulan a quienes sí son los encargados de velar por las normas protocolares y éticas de ellas.
Sí, “Más que algo huele mal en este Mundial”





