(escribe prof. Alejandro Carreño T.) Es el Día del Amor, no importa si fue a primera vista o no. Lo que importa es que haya habido amor. Pero esta columna no trata del Día de San Valentín. Lo que ocurre, amigo lector, es que los políticos declaran su amor cualquier día y bajo cualquier circunstancia. Lo importante es declararse enamorado. Sentirse “tocado” por el otro, o la otra, según sea el caso.
Cuando se trata de “otro”, y es bueno aclararlo desde ya para evitar malas interpretaciones, no tiene nada que ver con que a ninguno de los dos se les dé “vuelta el paraguas”, como llamamos en Chile al homosexual. No, aquí nada que ver con el paraguas dado vuelta ni cosa que se le parezca. Se trata de dos políticos reconocidísimos, ya entraditos en años, cada uno con sus problemas, que no son pocos, y que navegan por aguas que los separan ideológicamente, pero que la diplomacia los reúne para ver si alguna corriente los junta.
Y se juntaron para limar asperezas, puesto que las relaciones estaban bien ásperas. Pero esto es historia pasada. Borrón y cuenta nueva. Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente brasileño, que ve cómo el hijo de Jair Bolsonario, su archienemigo, Flávio Bolsonaro le pisa los talones en todas las encuestas, visitó por primera vez la Casa Blanca con Donald Trump en ella. Primero estuvo en el mandato de George Bush, el 2003, luego durante la presidencia de Joe Biden el 2023, y ahora, el jueves 7 de mayo pasado.
Es decir, Lula da Silva es un viejo conocido de la Casa Blanca. Y se cayeron bien. Solo así se explica que la reunión que se extendería por una hora y veinte minutos, duró cerca de tres horas. Seguramente se encontraron simpáticos. Y conversaron de todo, especialmente sobre los aranceles, seguridad y la industria del litio. Trump dijo que el encuentro había sido muy productivo y describió a Lula como “muy dinámico”. Además, declaró que los gobiernos volverían a reunirse en los próximos meses. “La reunión fue muy bien”.
Solo flores para el presidente brasileño. Como buen latino, Lula fue más expansivo. Sabido es el cariño que le tienen a los micrófonos los políticos latinoamericanos. Primero dijo que se dio un paso importante en la relación bilateral, para enseguida declarar: “La buena relación entre Brasil y Estados Unidos es una demostración que las dos mayores democracias del continente pueden servir de ejemplo para el mundo”. El problema es que ni Brasil ni los Estados Unidos son, en el contexto actual de la política mundial, buenos ejemplos a seguir.
En todo caso, y como de políticos se trata, continuarán orbitando sin perder de vista lo que sucede en sus propios países, pues ambos enfrentarán duras elecciones. Lula las presidenciales en octubre y Trump, en noviembre, las de medio término, que pueden significarle perder el control del Congreso, que ahora domina a placer. En Brasil, la cosa no está mejor para Lula, pues el hijo de Jair Bolsonaro, Flávio Bolsonaro representa un duro escollo para sus ambiciones de quedarse un tiempito más en el Palacio de Planalto.
Pero de este encuentro en la Casa Blanca, y luego de limar aperezas, Lula declaró que hubo entre ambos un “amor a primera vista” cuando se conocieron.
Así suelen ser los amores, digo yo: un flechazo a primera vista, con o sin Día de San Valentín.





