(Escribe Sergio Pérez) En la jornada de hoy, el Anfiteatro de Casa de la Cultura de Mercedes fue escenario de una charla que dejó varias ideas resonando. No se trató solamente de la presentación de un libro, sino de una invitación a mirar la cultura desde otro lugar: no como un adorno, no como algo secundario, sino como una fuerza capaz de transformar territorios, generar desarrollo y proyectar a un país hacia el mundo.
La actividad formó parte de la cuarta edición de “Las Artes están de Fiesta” y tuvo como protagonista a Facundo de Almeida, quien presentó el libro El poder de la cultura. Teoría y práctica en el escenario internacional, escrito junto a Nathalie Petter Irigoin.
La conversación fue moderada por Cecilia Sánchez Sandoval, jefa de Diplomacia Pública de la Embajada de México en Uruguay, y permitió recorrer temas clave para quienes trabajan, producen o gestionan cultura: la profesionalización del sector, la diplomacia cultural, la internacionalización de los proyectos y el lugar que puede ocupar Uruguay en ese mapa.
Desde el comienzo quedó planteada una idea fuerte: la cultura ya no puede sostenerse únicamente desde la intuición o la buena voluntad. Durante mucho tiempo, muchos proyectos culturales nacieron y crecieron gracias al empuje personal de artistas, colectivos o instituciones. Pero el contexto actual exige algo más.
Hoy, para que una propuesta cultural pueda sostenerse, circular, conseguir apoyo y llegar a nuevos públicos, necesita planificación. Necesita diagnóstico. Necesita gestión.
De Almeida fue claro al señalar que la cultura compite por el tiempo de las personas en un mundo saturado de estímulos. Por eso, no alcanza con tener una buena idea. Hace falta saber cómo convertir esa idea en un proyecto viable.
Allí aparece el rol del gestor cultural, una figura cada vez más necesaria. El gestor no sustituye al artista, sino que acompaña, ordena, conecta y ayuda a que una propuesta encuentre su camino. No todo artista tiene por qué ser gestor, ni todo gestor tiene que ser artista. Son oficios distintos, aunque profundamente vinculados.
Uno de los aportes centrales de la charla fue justamente ese: entender que la gestión cultural es una profesión. Requiere formación, conocimiento, sensibilidad y capacidad para leer el contexto.
Un libro para llenar un vacío
El poder de la cultura nace, según explicó De Almeida, ante la falta de bibliografía práctica sobre la internacionalización cultural. Existen reflexiones teóricas, pero no siempre hay materiales que expliquen con claridad cómo llevar un proyecto cultural hacia otros escenarios.
El libro busca responder a esa necesidad. Por un lado, ofrece una base conceptual; por otro, funciona como una guía para artistas, gestores, instituciones y autoridades que necesitan herramientas concretas.
El título, propuesto por Nathalie Petter, resume muy bien el espíritu de la obra. Hablar del poder de la cultura no es exagerar. Es reconocer que la cultura influye en la economía, en el turismo, en la imagen de un país, en la convivencia social y en la forma en que una comunidad se piensa a sí misma.
La cultura puede abrir puertas. Puede generar confianza. Puede atraer inversiones. Puede diferenciar productos. Puede construir identidad. Y también puede ayudar a sanar heridas sociales.
Durante la charla se mencionaron ejemplos internacionales que muestran ese impacto, como el fenómeno del K-pop en Corea del Sur o el Museo Guggenheim en Bilbao. Casos muy distintos, pero útiles para comprender que la cultura, cuando se piensa estratégicamente, puede mover economías y transformar ciudades.
Diplomacia cultural e internacionalización: no son lo mismo
Uno de los puntos más interesantes fue la diferencia entre diplomacia cultural e internacionalización de la cultura.
La diplomacia cultural tiene que ver con la capacidad de un país, una ciudad o un territorio para proyectar sus valores, su identidad y su patrimonio hacia el exterior. Es una forma de generar prestigio, cercanía y reconocimiento.
Cuando un país es valorado por su vida cultural, su estabilidad, su patrimonio o sus valores democráticos, eso también influye en otras áreas. Puede atraer turismo, inversiones, migración calificada o interés por sus productos.
La internacionalización de la cultura, en cambio, se refiere a la circulación concreta de bienes y servicios culturales: libros, películas, música, espectáculos, videojuegos, contenidos digitales, diseño y otras expresiones de las industrias creativas.
Para Uruguay, esta diferencia es clave. Por el tamaño reducido de su mercado interno, muchos proyectos culturales necesitan ser pensados desde el inicio con posibilidades de salir al exterior.
Eso no significa perder identidad local. Al contrario. Significa preparar mejor los proyectos para que puedan dialogar con otros públicos.
Un espectáculo, una obra, un libro o una película pueden tener una raíz profundamente uruguaya y, al mismo tiempo, estar preparados para circular internacionalmente. Para eso hay que prever aspectos técnicos, legales, comunicacionales y logísticos.
Uruguay: ventajas y desafíos
La charla también dejó una mirada interesante sobre Uruguay. El país tiene ventajas importantes para proyectar su cultura: buena conectividad, una población con nivel educativo medio-alto, prestigio internacional y una producción artística de gran calidad.
La conectividad, en particular, abre oportunidades para el interior. Hoy muchas gestiones pueden hacerse desde cualquier punto del país. Presentar proyectos, tener reuniones, acceder a convocatorias o establecer contactos internacionales ya no depende exclusivamente de estar en Montevideo.
Esto no elimina las desigualdades, pero permite pensar nuevas posibilidades.
También se destacó que Uruguay es un país bien visto en el mundo. Esa buena imagen es un capital simbólico que muchas veces los propios uruguayos no valoran lo suficiente.
Ahí aparece uno de los desafíos: la autopercepción. Según se planteó en la charla, muchas veces Uruguay es mejor visto desde afuera que por sus propios habitantes. Esa falta de confianza puede limitar la proyección internacional de sus proyectos.
Otro obstáculo es la distancia geográfica. Llevar obras, artistas, libros, escenografías o bienes culturales al exterior puede ser costoso. Por eso la planificación es fundamental.
También existe un problema de reconocimiento: Uruguay no es igualmente conocido en todos los países. En muchos lugares todavía hay que explicar qué es Uruguay, dónde está y qué tiene para ofrecer.
Ese desafío no debe desanimar, pero sí obliga a trabajar con estrategia.
Pensar desde el interior
Uno de los momentos más valiosos de la actividad fue la reflexión sobre los proyectos culturales del interior del país.
No todos los caminos son iguales. Algunos proyectos necesitan primero recorrer el territorio nacional antes de salir al exterior. Otros, por sus características, pueden encontrar oportunidades internacionales desde el comienzo.
Lo importante es que la posibilidad de internacionalizar esté pensada desde el inicio. A veces eso implica decisiones simples: prever subtítulos, diseñar un buen dossier, preparar materiales de difusión, cuidar el embalaje de una obra o adaptar una propuesta para distintos espacios.
El interior uruguayo tiene una enorme riqueza cultural. Hay artistas, gestores, colectivos e instituciones que producen con calidad, muchas veces en condiciones difíciles y con menos visibilidad de la que merecen.
Por eso, el desafío no es solamente crear. También es aprender a formular proyectos, buscar apoyos, generar redes y sostener procesos.
De Almeida dejó una idea provocadora pero muy cierta: muchas veces es más fácil conseguir mucho financiamiento para un buen proyecto que poco financiamiento para uno mal planteado.
La frase resume algo central. No alcanza con pedir apoyo. Hay que saber explicar qué se quiere hacer, por qué es importante, a quién está dirigido, cuánto cuesta, qué impacto tendrá y cómo se va a realizar.
En ese sentido, la formación en gestión cultural no es un lujo. Es una necesidad.
Cultura y transformación social
La charla también permitió pensar la cultura más allá del espectáculo o del evento. La cultura puede ser una herramienta de convivencia, tolerancia y pacificación social.
Se mencionaron experiencias como Medellín, en Colombia, y programas culturales en cárceles de Argentina, donde las prácticas artísticas y educativas han contribuido a reducir la violencia y la reincidencia.
Estos ejemplos muestran que la cultura no solo entretiene. También puede reconstruir vínculos, abrir oportunidades y generar sentido de pertenencia.
En tiempos donde muchas comunidades enfrentan fragmentación, desigualdad y pérdida de referencias comunes, la cultura puede ser un espacio de encuentro.
Una invitación a tomarse la cultura en serio
La presentación de El poder de la cultura dejó una conclusión clara: la cultura uruguaya tiene calidad, historia, talento y capacidad de proyección. Pero necesita más estrategia, más formación y más confianza.
No se trata de abandonar la sensibilidad ni la creatividad. Se trata de acompañarlas con herramientas.
Un proyecto cultural bien pensado puede llegar más lejos. Puede sostenerse mejor. Puede encontrar públicos nuevos. Puede generar trabajo. Puede representar a un territorio. Puede dialogar con el mundo.
Desde Mercedes, en el marco de “Las Artes están de Fiesta”, esta charla dejó planteada una pregunta importante: ¿qué lugar queremos darle a la cultura en nuestro desarrollo?
Si la seguimos pensando como algo accesorio, perderemos oportunidades. Pero si la asumimos como un campo profesional, estratégico y profundamente humano, entonces la cultura puede convertirse en una de las grandes herramientas para proyectar el futuro.
Porque la cultura tiene poder.
Y ese poder empieza cuando una comunidad decide reconocerlo, organizarlo y ponerlo en movimiento.





