(escribe prof. Alejandro Carreño T. ) Me quedaré con la reflexión de Jorge Luis Borges que dijo. “de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo”, porque el libro es una “extensión de la memoria y de la imaginación”. Sí, el libro es ese objeto asombroso que nos subyuga y desvela porque contiene el propio mundo que suele ser, muchas veces, nuestro propio mundo.
Todos los mundos imaginarios que pueblan la literatura universal, y los no imaginarios también, que nos antecedieron, y en los cuales nos vemos reflejados como en un espejo que nos revela nuestra propia vida, en retazos esparcidos en cada uno de ellos, componen la existencia de los hombres, aunque ellos no lo quieran o lo ignoren. Pero ignoro si las personas entienden el libro como yo lo entiendo, así, con una mirada contemplativa del universo que suele quedar registrado en la memoria, que juega su juego dialéctico entre ficción y realidad. Tiene razón Joseph Conrad cuando afirma que el “autor solo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector”.
La metáfora del autor del clásico Lord Jim, debe entenderse, en mi opinión, como la búsqueda de uno mismo en algún recodo del libro que leemos. De nuestros sueños y de nuestras reflexiones sobre la vida y la muerte. Después de todo, nuestra vida es también un pequeño mundo, un pequeño libro que el tiempo nos escribe y se confunde en la eternidad de todos los tiempos. Miguel de Cervantes decía que “en algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”. Y la existencia tiene muchos sentidos porque muchas son las vidas que vivimos a lo largo de ella.
Tal vez, por eso, sin quererlo o sin pensarlo, sentimos el libro como nuestra propia invención, porque en algún momento sentimos que ese mundo que leemos, nos pertenece. O porque muchas veces lo soñamos, y los sueños son otra de las formas de la existencia, como dice Cervantes. Algunos siglos después, Carlyle interpretaba a Cervantes: “Todo lo que la humanidad ha sido, hecho, pensado o lucrado, se encuentra como que mágicamente preservados en las páginas de los libros”. Los libros conservan la memoria de los hombres. Por eso nos deslumbran, nos gustan y nos disgustan.
Y la memoria de los hombres está hecha de lectores. El lector se busca en algunas de sus páginas. Maurice Barrès, contemporáneo de Conrad, entendía también al lector como su “colaborador”. Pero no creas, amigo lector, que el libro fue siempre comprendido así. Los antiguos no lo entendían así. Para ellos el libro no era un objeto de culto como lo es hoy, por lo que nadie celebraba el Día del Libro como lo celebramos hoy, recordando a Cervantes y a Shakespeare. Para ellos el libro era un “sucedáneo de la palabra oral”, decía Borges. Y agregaba: “La palabra “oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales”.
Pero, para nosotros, simples mortales y lectores muchas veces ingenuos, pero fieles, el libro representa no solo el placer de la lectura, sino el secreto e inconfesable placer de encontrarnos en algunas de sus páginas.





