(escribe Sergio Pérez) Toda intervención patrimonial conlleva una toma de posición. No existe inventario neutral cuando el objeto de estudio está cargado de memoria social, densidad histórica y resonancias personales. A comienzos de febrero propuse al alcalde del Municipio de Cardona, Juan Gabriel Bentancur, retomar el inventario de la Estación de AFE de nuestra ciudad, tarea que había iniciado el Lic Aparicio Arcaus, coordinador del área de museos de la Intendencia de Soriano. Aquella decisión no respondió a un impulso administrativo ni a una tarea de mera ordenación documental; fue, ante todo, la asunción consciente de una responsabilidad cultural frente a un archivo que permanecía en estado latente desde su clausura formal en 2003.
La formación recibida en la Tecnicatura Universitaria en Bienes Culturales de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República, ha sido determinante para comprender que el inventario constituye una operación epistemológica compleja. Registrar no es acumular; describir no es listar; clasificar no es encasillar sin contexto. Cada documento ferroviario exige ser leído como fragmento de un sistema mayor, como pieza articulada a una red institucional que modeló territorio, prácticas laborales y formas de vida durante buena parte del siglo XX.
La Estación de AFE Cardona no puede abordarse exclusivamente como inmueble arquitectónico. Es, en sentido estricto, un dispositivo histórico. En su interior confluyeron flujos de personas, mercancías, comunicaciones telegráficas, decisiones administrativas y rutinas cotidianas que organizaron la experiencia de generaciones enteras. La dimensión material del edificio encuentra su correlato en el archivo que lo habita: cuadernos de novedades, circulares, guías de carga, formularios, cartillas de formación y correspondencia oficial. Ese corpus documental configura un paisaje institucional que requiere lectura crítica.
Existe además una capa afectiva que atraviesa esta tarea. Mi abuelo, Antonio Neme, se desempeñó como Jefe de Estación en Cardona hasta mediados de la década de 1960. Habitó la vivienda ferroviaria, ejerció la jefatura y arraigó su vida en esta comunidad. La memoria familiar no sustituye el análisis profesional, pero sí agrega una sensibilidad particular al acercamiento con el archivo. Comprender que en esos mismos libros de registro pudieron haberse asentado decisiones que atravesaron su gestión introduce una dimensión biográfica que dialoga con la historia estructural del ferrocarril.
En los primeros días de trabajo emergió un documento que, por su densidad informativa, merece especial atención: la Circular E.1188, fechada el 30 de agosto de 1963. El texto fue emitido con la finalidad de proporcionar a los interesados en ocupar jefaturas vacantes información detallada sobre las estaciones de la red. Lejos de constituir un simple listado administrativo, la circular ofrece una radiografía social del país ferroviario.
Se detallan variables tales como capacidad de la vivienda, tipo de construcción, disponibilidad de luz eléctrica, existencia de escuela pública en la localidad o proximidad de la misma, presencia de servicio médico y farmacia, y existencia de comercios básicos como panaderías y carnicerías. Esta enumeración revela que la categoría de una estación no sólo implicaba jerarquía funcional, sino también condiciones de habitabilidad y calidad de vida asociadas al cargo.
La Estación de Cardona figuraba como de Categoría Segunda, con cinco piezas, construcción de material, luz eléctrica y servicios educativos y sanitarios disponibles en la localidad. Este dato permite inferir un nivel de consolidación urbana que la distinguía de otras estaciones del ramal. La comparación con nodos que carecían de escuela o de atención médica pone de relieve la heterogeneidad territorial que estructuraba la red ferroviaria.
El ferrocarril organizaba el espacio nacional mediante jerarquías funcionales que incidían directamente en la experiencia cotidiana de quienes habitaban las estaciones. El acceso a determinados servicios no era un elemento accesorio; configuraba posibilidades educativas, sanitarias y comerciales que delineaban trayectorias familiares. En este sentido, el archivo se convierte en una fuente privilegiada para analizar cómo la infraestructura ferroviaria impactó en la construcción social del territorio.
La circular también consigna que el Dr. César Bertoni era el médico asignado por AFE a la Zona 23, que comprendía Juan Jackson, Cardona y Santa Catalina. Esta información permite advertir que la empresa ferroviaria articulaba una red de servicios que trascendía el transporte. Existía una estructura de asistencia médica vinculada a la organización laboral, lo cual da cuenta de una concepción institucional integral.
Otro conjunto documental de particular relevancia lo constituyen las cartillas de formación destinadas a aspirantes administrativos. En ellas se enseñaba el alfabeto Morse, procedimientos telegráficos y nociones sintéticas sobre la historia institucional del ferrocarril. La exigencia de dominar el Morse no era un simple requisito técnico; implicaba incorporarse a una cultura de precisión, disciplina y responsabilidad comunicacional en un sistema donde la transmisión correcta de la información podía incidir en la seguridad operativa.
El análisis de los cuadernos de novedades revela una lógica de registro minuciosa. Cada incidencia diaria quedaba asentada con fecha, firma y descripción. La escritura administrativa no era un trámite rutinario; era un mecanismo de trazabilidad que garantizaba continuidad institucional. Esa cultura del registro constituye hoy una fuente invaluable para reconstruir dinámicas operativas y contextos históricos.
Entre los documentos conservados aparece, con particular fuerza simbólica, la anotación fechada el 2 de enero de 2003. En tinta roja, el entonces jefe Rubén Rodríguez escribió: “en el día de hoy queda clausurada la Estación Cardona”. La frase, escueta y definitiva, marca el cierre operativo del servicio ferroviario local. Sin embargo, desde una perspectiva patrimonial, no representa el final de la historia, sino el inicio de otra etapa: la del archivo como memoria.
El trabajo actual se desarrolla bajo un criterio fundamental: la estación permanece abierta a la comunidad durante el proceso de inventario. Esta decisión responde a una concepción de la gestión patrimonial como práctica participativa. Ex funcionarios de AFE se han acercado para aportar su conocimiento empírico, contextualizar procedimientos y explicar el uso de determinados libros. Sus testimonios permiten enriquecer la lectura documental con saberes incorporados a través de la experiencia.
Historiadores locales, estudiantes y vecinos han participado activamente del proceso. El despliegue de documentación sobre las mesas convierte el inventario en un acto público de investigación. La estación, clausurada en términos operativos, recupera centralidad como espacio de producción de conocimiento.
Desde la perspectiva de los bienes culturales, el archivo ferroviario constituye un sistema de información que refleja relaciones de poder, jerarquías administrativas, políticas de infraestructura y prácticas laborales. Inventariarlo implica asumir criterios archivísticos rigurosos: identificación precisa, descripción normalizada, evaluación del estado de conservación y establecimiento de un orden que respete la estructura original de producción documental.
Esta primera etapa permitió dimensionar el volumen y la complejidad del acervo. También confirmó que la intervención patrimonial requiere una mirada interdisciplinaria que articule historia social, archivística, gestión cultural y participación comunitaria. El archivo de la Estación de AFE Cardona ofrece un campo fértil para investigaciones futuras sobre el impacto del ferrocarril en la configuración territorial del departamento y en la articulación histórica entre Cardona y Florencio Sánchez.
Inventariar, en este contexto, es un acto de responsabilidad intergeneracional. Significa garantizar que las generaciones venideras dispongan de herramientas para comprender cómo se organizó su territorio, cómo operó una empresa que estructuró flujos económicos y sociales, y cómo se inscribe la memoria familiar dentro de procesos colectivos más amplios. La estación ya no funciona como nodo ferroviario; hoy se proyecta como archivo vivo, espacio de interpretación y plataforma para nuevas lecturas sobre nuestra identidad local.













