
(escribe Sergio Pérez) En un mundo donde la globalización redefine constantemente las estructuras sociales y económicas, la cultura se encuentra en una encrucijada. Su gestión ya no puede ser un aspecto secundario dentro de las políticas públicas o los proyectos privados, sino un elemento fundamental en la construcción de sociedades más equitativas, innovadoras y con una identidad consolidada. Sin embargo, a pesar de su importancia, la gestión cultural ha sido incorporada con retraso a los mecanismos institucionales, lo que ha generado inconsistencias y falta de claridad en su normalización y proyección.
La cultura, entendida como el compendio de conocimientos, tradiciones, manifestaciones artísticas e intelectuales, ha sido históricamente un elemento central en la configuración de la sociedad. No obstante, su gestión ha enfrentado diversos retos, especialmente ante el avance del neoliberalismo y la mercantilización de los bienes culturales. Esto ha generado una brecha entre la oferta cultural y la capacidad de acceso del público, provocando una distribución desigual del conocimiento y la participación en la vida cultural.
Cultura: un bien común en riesgo
La historia nos ha demostrado que las formas más efectivas de preservar y transmitir el conocimiento han sido aquellas que han contado con estructuras organizadas y mecanismos claros de mediación. En este sentido, la gestión cultural eficiente debe asumir el rol de facilitador y garante del acceso equitativo a la cultura, permitiendo que esta sea un derecho efectivo y no un privilegio restringido a determinados sectores.
Sin embargo, las políticas culturales en muchas regiones han sido concebidas bajo una lógica fragmentaria, atendiendo a intereses económicos más que a una visión integral de la cultura como eje de cohesión social. En este contexto, la gestión cultural ha oscilado entre modelos de conservación patrimonialista, en donde el acceso al conocimiento está reservado para sectores elitistas, y modelos de consumo masivo que desvirtúan el sentido profundo de las expresiones artísticas.
El gestor cultural: más que un administrador
El gestor cultural no es solo un organizador de eventos o un facilitador de recursos; es un arquitecto del pensamiento social y un mediador entre el pasado, el presente y el futuro. Su labor consiste en administrar la tensión entre el conocimiento heredado, su aplicación en el contexto actual y su proyección hacia el futuro. Para ello, es imprescindible contar con profesionales idóneos, preparados y con una visión estratégica de la cultura, capaces de generar políticas y proyectos que trasciendan la mera administración de eventos y se conviertan en verdaderos motores de desarrollo social y económico.
En la gestión cultural contemporánea, también es fundamental reconocer el papel de la tecnología y la digitalización en la preservación y difusión del patrimonio cultural. La irrupción de las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) ha ampliado las posibilidades de acceso al conocimiento, pero también ha generado nuevas desigualdades en la apropiación de estos recursos. En este sentido, el gestor cultural debe equilibrar la incorporación de tecnologías con una comprensión crítica de sus impactos en la diversidad cultural y en la democratización del saber.
Hacia una política cultural coherente y sostenible
La gestión cultural eficiente requiere una planificación a largo plazo, basada en estrategias integradas que consideren no solo el acceso a la cultura, sino también su impacto en la vida social y política. Esto implica:
1. Profesionalización del sector: La cultura debe ser gestionada por expertos formados en el área, capaces de comprender las dinámicas del sector y aplicar estrategias innovadoras y sostenibles.
2. Inversión en infraestructuras culturales: Es imprescindible garantizar espacios adecuados para la producción y difusión cultural, desde teatros y museos hasta plataformas digitales accesibles para todos.
3. Inclusión y diversidad: La cultura debe ser un reflejo de la diversidad de la sociedad, evitando su instrumentalización con fines políticos o comerciales.
4. Sostenibilidad económica: La cultura no puede depender exclusivamente de subsidios estatales o del patrocinio privado; debe buscarse un equilibrio entre financiamiento público y estrategias de autogestión.
5. Evaluación y adaptabilidad: La gestión cultural debe estar en constante evaluación y adaptación a las nuevas realidades tecnológicas y sociales.
6. Conciencia crítica: Debe promoverse un debate constante sobre el papel de la cultura en la configuración de sociedades justas y equitativas, evitando su reducción a un mero instrumento de entretenimiento o propaganda.
Un compromiso con el futuro
La cultura no es un accesorio en la estructura social, sino un eje vertebrador del desarrollo humano. Gestionarla de manera eficiente es una responsabilidad compartida entre el Estado, las instituciones privadas y la ciudadanía. Solo mediante una política cultural coherente, inclusiva y sostenible, podremos garantizar que la cultura continúe siendo un bien común accesible para todos, contribuyendo así a la construcción de sociedades más justas, creativas y resilientes.
¿Estamos listos para asumir el desafío de una gestión cultural que realmente sitúe a la cultura en la primera línea de las prioridades sociales?