18 de June del 2022 a las 10:39 -
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El individuo y el bien común
La responsabilidad social, esa que el individuo presenta en cada uno de sus actos en su convivencia social, tiene que ver, en consecuencia, con el comportamiento ético.

(escribe prof. Alejandro Carreño T.)  En una América Latina tan agitada como la nuestra, pero no menos agitada que la realidad universal, la relación individuo-sociedad se hace más relevante a la hora de convivir en una sociedad que propenda, precisamente, a la paz social y el espíritu democrático. Pero, ¿qué podemos entender por bien común. Messner nos dice que “el bien común es el bien de la sociedad en la totalidad de sus miembros y en la totalidad de sus fines”, lo que significa que trasciende la pura individualidad y se proyecta en la sincronía social de la diacronía de la Historia.

Lo anterior no significa otra cosa que aquellos aspectos socioculturales que constituyen la individualidad de cada hombre, están condicionados por su relación con la sociedad de la que es parte y su vínculo con el bien común. Relación que rescata el sentido del bien común como elemento estructurador de la convivencia social. Es en este punto donde la responsabilidad social de la que el individuo forma parte, no puede sustraerse, puesto que es la conditio sine qua non de la estructura social de un país.

Esa es su naturaleza ontológica: personas que desde la perspectiva de su individualidad, de su humana otredad,  contribuyen a la consecución del bien común con respeto y tolerancia; corazón y reflexión; sentido común y conocimiento, que no debe entenderse como “sabiduría”, sino como una forma de adentrarnos en las relaciones humanas que contribuyen a mejorar la calidad de vida con el vecino, por ejemplo. Es decir, el conocimiento entendido también como manifestación de la emoción.

Reconocer, entonces, que lo humano no se constituye exclusivamente desde lo racional. Es cierto que lo racional es importante en el tipo de vida que vivimos, pero el primer paso para revalorar la emoción sería aceptar que entrelazado a un razonar está siempre presente un “emocionar”, como lo propone el filósofo y científico chileno Humberto Maturana. La importancia de la responsabilidad individual frente al entorno social, significa alejar de la vida social el fantasma de la irresponsabilidad social, que tanto daño le hace a las relaciones humanas entendidas como sociedad

En política, la irresponsabilidad social puede tener efectos insospechados e indeseados. La corrupción, las ansias de poder y la vanidad, pudren los cimientos ético-morales de los organismos públicos que llevan a cualquier país al desfiladero social, político y económico. Pero ella no solo se encuentra en la esfera política. En nuestra geografía continental, la corrupción se halla también peligrosamente instalada en la sociedad, que se adscribe sin pudores de ningún tipo a conductas indeseables de sus ciudadanos, amparándose en el también corrupto argumento “si otros lo hacen, por qué yo no”.

La responsabilidad social, esa que el individuo presenta en cada uno de sus actos en su convivencia social, tiene que ver, en consecuencia, con el comportamiento ético. Con su comportamiento ético. “Ético/a”, la maravillosa palabra que para muchos se encuentra en el diccionario después de “eticidad”, y nada más. Por eso, para que la palabra “ético” deje de ser apenas un lugar en el diccionario, las personas, como individualidades que son, deben velar porque sus conductas se orienten hacia el bien común que garantiza la vida democrática de toda sociedad.

Ética y responsabilidad social conforman, en definitiva, la base sobre la cual se sustenta la relación armónica que hace del bien común la clave del progreso y desarrollo social de toda y cualquier convivencia democrática.

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