10 de June del 2022 a las 15:42 -
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La madre, el niño y la teta
Cuando una madre amamanta a su hijo, dejémosla que cumpla con su destino. Respetemos su amor y el hambre de ese niño, e ignoremos a aquellos que sin tener  nada que ver, ven lo poluto de su hipócrita conciencia.

(escribe prof. Alejandro Carreño T.) ¿Qué significa amamantar en público, que provoca tanto rechazo en muchas personas? Nada de otro mundo. La madre se saca la teta y alimenta a su hijo. Es decir, un acto bien de este mundo. Pero no es un acto cualquiera, puesto que solo a una madre se le ha otorgado el hermoso privilegio de conectarse con su hijo, por medio del más profundo y maravilloso de los actos humanos. Sorprende, por lo mismo, el rechazo ardoroso frente a un hecho tan humano, simple y espléndido. No sé, en realidad, qué tipo de reacciones contrarias puede ofrecer, que disguste al punto de ser prohibido en muchos lugares públicos, como restaurantes, por ejemplo. Lo curioso es que en estos lugares públicos no siempre reina el decoro.

La gente hace picnic en parques y plazas, come en la calle, en el cine, en la locomoción colectiva, en el estadio y en la playa; en fin, en donde se le dé la gana. Hasta en los cementerios, para celebrar el cumpleaños de su difunto regalón. Con desaforada avidez, dibujada en las abultadas líneas de sus cuerpos, engullen “sándwiches”, salchichas y empanadas. Ellos no lo saben, pero se encuentran en el tercer círculo del Infierno de Dante, hundidos en el fango y golpeados con rabia incontenida por Cerbero. Han sido condenados por su brutal avidez por la comida, aunque también se encuentran aquí los soberbios y los envidiosos. En la realidad, son, muchísimos de ellos, una triste caricatura de los personajes de color de Botero.

Quienes no estamos en este fangoso y dantesco círculo, sufrimos, sin embargo, las consecuencias de estos incontinentes engullidores de comida de todo tipo. Sus olores estrafalarios lo contaminan todo, y el basural que queda a su paso en estos recintos públicos, ha sido digno de estudios sociológicos y registros documentales. Ante esta descripción apocalíptica entre la literatura y la pintura, de estos glotones empedernidos y vulgares, emerge, pura e inocente, la imagen de una mujer amamantando a su hijo en un lugar público. Acto para muchos reñidos con la moral pública. Muchas, muchísimas de estas madres han sido expulsadas de recintos públicos de comida en distintas partes del mundo, por “su deleznable conducta”.

Voces destempladas se levantan para denunciar la impureza de un acto tan puro. Las mismas voces, seguramente, que se silencian cuando consumen la pornografía que les ofrece la televisión, por ejemplo, con toda su chabacanería vomitiva. Son las voces deplorables de nuestra idiosincrasia latinoamericana, colmada de hipócritas miradas frente a la maravillosa cotidianidad de la vida. Tal vez, quienes se sienten ofendidos por este acto de amor profundo, ignoran el texto de Lucas, 11:27, que recoge los dichos de una mujer a Jesús cuando este les está hablando: “¡Feliz es la matriz que te llevó y los pechos que mamaste!”. O no comprenden que este acto sublime ha sido retratado por la pintura y la escultura a lo largo de la historia. O incluso antes.

Como lo representa la pintura del paleocristiano encontrada en las catacumbas de Priscila, en el siglo II, en la que la virgen aparece amamantando a su hijo. O el famoso cuadro de Bernard van Orley, que se expone en el Museo del Prado, La Virgen de la leche. Y ya en un salto a la modernidad, las distintas estatuas en el mundo que han esculpido este acto sagrado, como “Mujer amamantando”, en el parque Belmont, en Massachusetts, Estados Unidos. O “Madre amamantando”, en Capacho Nuevo, Venezuela. Los ejemplos podrían multiplicarse, tanto en el ayer como hoy, y ciertamente en el mañana. Son obras de arte que suspendieron en el tiempo el más poético de todos los actos de la naturaleza: un pecho que da de comer a su hijo. Este acto único, que tal vez sea el único acto noble e impoluto de la naturaleza humana.

Cuando una madre amamanta a su hijo, dejémosla que cumpla con su destino. Respetemos su amor y el hambre de ese niño, e ignoremos a aquellos que sin tener  nada que ver, ven lo poluto de su hipócrita conciencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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